«Temo a la persona de pocas palabras. Temo a la persona silenciosa. Al sermoneador, lo puedo aguantar; al charlatán, lo puedo entretener. Pero con quien cavila mientras el resto no deja de parlotear, con esta persona soy cautelosa. Temo que sea una gran persona»

Emily Dickinson

“La escritura, otra vez la poderosa voz de esta Penélope que llegó sola a la vejez, alcanza la completud en la ausencia de los otros”

Sobre Idea Vilariño, ausencia eterna de amores. Presencia promiscua de él, siempre. Y digo no a la Penélope envejecida y abandonada, no porque me marcho, me voy a emprender vuelos, a embestir con fuerza todas las dependencias, todas las guerras.

“Soñemos la tarea común, que nos salve del obsesivo triunfo personal para celebrarnos y expandirnos en actos creativos, productivos y transformadores”

Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En ese sentido, el quehacer poético implicaría exorcisar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos


Alejandra Pizarnik

De repente sale otro recuerdo, macizo como una piedra que golpea. Tengo dieciséis años y he encontrado al hombre de mi vida… y de mi muerte. Huyo enamorada. Bendición apostólica en una oscura sacristía y luna de miel… y de hiel. A mis diecisiete años me he convertido en la señora De. Ya no me pertenezco. ¿Ya no me pertenezco?

Tengo que detenerme en esta dolorosa época en la que la vida decide sacudirme y a bofetadas enseñarme que no basta con amar para ser amado. Un negro túnel de maltratos que cada día mina mi precaria autoestima. Hoy tengo que agradecerle a mi primer marido es tristeza infinita que me regaló durante los años que viví con él, todos sus agravios y ofensas. Tengo que agradecerle la intensa luz al final de aquel túnel, un ángel que me dio la fuerza que necesitaba.

Gracias a tanto dolor me destruí y me construí. Gracias a aquel amor decidí hacerme más fuerte. Decidí descubrirme y empezar a quererme. Aprendí a odiar la dependencia emocional y amar mis pequeños logros. A mirarme al espejo y ver detrás de él a otra mujer que aún no estaba hecha pero que poco a poco iba tomando forma. Nunca más volvería a ser la mujer De. Nunca más dejaría de pertenecerme. Doce años. Tardé doce años en construir mis alas.

No hay mejor observación que la del alma. El alma respira, gime, pide, ríe, llora y, si no la cuidas, enferma. Tu yo más profundo siempre está hablando… aunque la mayoría de las veces lo amordaces. Te pide coherencia, consistencia. Si estás atento, te enseña el camino de lo que eres (no puedes nunca renunciar a tu esencia porque si lo haces, un día termina pasándote factura).

Durante aquellos años metamorfoseando mi existencia me hice amiga de mi alma y me sirvió para no ahogarme. Recuperé mi silencio, mi paz, mi espontaneidad, aunque nunca más la ingenuidad. Descubrí que me fascinaba reír y ser. Recuperé la palabra dormida, caudales de sentimiento que iba plasmando en mis diarios, páginas en las cuales nadaban mis penas y mis sueños. La palabra que me confirmó que estaba VIVA. Ya lo sabía todo.

Pero me equivoqué.

(…)

Cuando menos te lo esperas, el destino te hace bajar la cabeza.

Angela Becerra, Con el alma abierta.

(Fragmento).

Dientes de flores, cofia de rocío…

Último poema antes de suicidarse.

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara en la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.

Déjame sola; oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias… Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido.

(Dormid Alfonsina vestida de mar)

Iggy Pop e Tom Waits - Sobre café e cigarros

De un extremo al otro en cuanto a estilos musicales ¿De qué hablan? ¿Qué los hizo juntarse?

Café y cigarrillo, una cinta que nos trae un amplio abanico de situaciones, unos encuentros raros, humanos, irónicos. Ritos al rededor de la costumbre de mezclar una buena taza de café con cigarro y compañía.


Un libro necesario como el agua: ‘El lugar de la espera’, de Gerardo Rivera
Por: William Ospina
A LO LARGO DE UNA TIBIA NOCHE DE verano John Keats oyó en el canto del ruiseñor el secreto de la naturaleza, el contraste entre la fugacidad de los individuos y la eternidad de las especies.

William Blake aconsejaba ver la labor de los siglos en un grano de arena y el infinito en una flor silvestre. Emily Dickinson no tuvo que salir de su jardín para conocer la eternidad, los palacios del goce y el fulgor del infierno. Walt Whitman dijo que la vaca que pace con la espalda inclinada supera a todas las estatuas, que la madreselva podría adornar los salones del cielo y que un ratón es un milagro suficiente para confundir a millones de incrédulos.

Por todo eso Robert Graves afirmó que la más antigua diosa, cuyo espejo es la Luna, confió a los poetas las verdades profundas del mundo, y dejó lo menos importante en manos de los necios y de los frívolos, que saquean y depredan, que acumulan y clasifican, que arrebatan y aniquilan. Mientras haya alguien percibiendo el misterio de las cosas, los secretos del agua, de los bosques, de la oscuridad y de la memoria, el mundo estará a salvo, aunque los demonios se afanen en traficar con sus armas y sus venenos.

 Y en un poema nunca olvidado de John Milton, que medita por qué le fue dada la ceguera, y que empieza diciendo “Cuando yo considero cómo mi luz se ha apagado/ antes de la mitad de mis días en este oscuro, inmenso mundo”, aparece al final esta aproximación al destino del poeta: “Miles de mensajeros se afanan por la tierra y el cielo cumpliendo el gran designio, pero también lo sirve quien sólo está y espera”. Ese podría ser el sentido del nombre de este libro que recoge toda la poesía publicada hasta hoy por Gerardo Rivera: El lugar de la espera. Este libro es la revelación profunda de un gran poeta y de una poderosa poesía.

Algo significa el musgo que cubre las piedras, la violenta luz que gasta las cosas, lo que trazan las alas en el viento sobre los estanques. La eternidad, que es otro de los nombres de Dios, no sólo produce sin cesar enigmas y estrellas: a veces produce una mano que aparta el velo, una voz que descifra el silencio, una mirada que entiende la sombra. El poeta nos da de pronto nombres nuevos y más cercanos para todas las cosas, nos revela el dolor que hay en los objetos, el consuelo que hay en la música, las estrellas que hay en la muerte. Y un mundo donde todo era agobiante y misterioso se va volviendo asombroso y dulce y lleno de significación.

Leyendo estos poemas de Gerardo Rivera sentimos que una nueva lógica está entrando en el lenguaje, que una mirada más sutil se abre en nosotros; al mundo lo aprueba de pronto una sonrisa más lúcida, el bien se torna más escéptico y el mal más refinado. No es una poesía convencional e ingenua que al pan lo llama pan y al vino vino. Aquí nada es del todo lo que parece: toda luna tiene un envés de sangre o de hierba, todo gato se desliza en humo y acechanza, todo libro es un laboratorio de operaciones mágicas. El amor cubre de nombres falsos las cosas, las piedras quieren besar labios de oro, una ansiedad de amor recorre los metales y las montañas, los delirios y los mecanismos; y todo origen se curva en ayeres, y toda habitación se desfonda en selvas y recuerdos.

Un libro que acaba de aparecer puede ser sin embargo viejo como las estrellas y hondo como la memoria. Todo en este libro de Gerardo Rivera nace de un recuerdo preciso pero se dilata en relatos impersonales como los que cuenta la lluvia en los tejados. Nos recuerda que el mundo está lleno de murallas de sangre y de bodegas de hambre, y de reyes y potestades que se alzan de hombros ante tanto desamparo y tanto dolor. El poema nos muestra cosas que no puede explicar nuestra filosofía: “Los negros charcos/ donde las flores del tigre caen y crecen”. Hay en estos versos una negra fecundidad produciendo prodigios serenos, joyas de sombra.

Con libros como éste podrían cantar y rezar siglos de seres humanos. Recordar lo que había cuando aún quedaban en el mundo esos grandes tesoros de los que ahora huye y a los que combate desesperada la civilización: el silencio, la noche y la ausencia. Porque esos son los reinos que debe custodiar el poeta, esas cosas aparentemente improductivas que son las que produjeron todo, esas cosas aparentemente imprácticas sobre las que reposa toda la eficiencia del mundo. El poeta va en sentido contrario, es el gran radical, y mientras todos suben hacia el fruto él desciende hacia las raíces, y oye las bocas de los manantiales, y siente lo que germina en el corazón de las piedras.

El lugar de la espera, que acaba de publicar la Universidad del Valle en sus 65 años, es uno de esos libros que no están escritos para todos sino para cada uno; nadie verá en sus poemas lo mismo que ve otro. Es el milagro pleno de una escritura tan antigua como Homero y sin embargo tan atrevida en formas y libertades como las nubes del último atardecer. Cada quien necesita de esta poesía para dialogar consigo mismo y con el mundo, para volver a agradecer, desde el horizonte de esta edad que ya nada agradece.

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La idea es alcanzar nuevos mundos. Cerrar una que otra puerta pero darme el tiempo necesario para transitar lo suficiente, vivir lo suficiente. Hacer que la luz ilumine el andar. Claridad en los objetivos y disposición al matiz de la flexibilidad.

Qué bueno leer sobre todo a Fallaci, Cortázar, Hesse, Kundera, uno que otro poeta sentenciando promesas de la vida y ese tipo de historias que te llevan a otro mundo, que te explican los por qués de la nadería de la vida, que te sacan lágrimas, risas, reflexiones, dudas, compasiones, que te anestesian y te ayudan a soportar los tiempos muertos.
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